El día 8 de marzo en todo el mundo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, el día de la mujer trabajadora. Esta jornada se celebra en todo el mundo desde 1910. Desde 1977 además la ONU otorgó a la jornada el carácter de día internacional. Se conmemoran los esfuerzos que las mujeres y hombres han realizado por alcanzar la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo.
Esta jornada, de reivindicación de los derechos de las mujeres y de exaltación del papel y posibilidades de la mujer en la sociedad y en el mundo del trabajo, es muy celebrado en los distintos colectivos femeninos. También la Iglesia se suma, con gusto, a estas celebraciones. Y es que las mujeres cristianas realizan un extraordinario quehacer en la Iglesia, en la sociedad y en el mundo laboral. No en vano, como afirmara el Papa Juan Pablo II, “Dios ha confiado a la mujer el hombre, el ser humano”. La mujer es para la iglesia la fuente de la vida y del amor, y a ella quiere dirigir ahora y siempre su mirada con especial fuerza e intensidad.
Antes, el Papa Pablo VI, en 1976, había afirmado “en el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos… Es evidente que la mujer está llamada a formar parte de esta estructura viva y operante del cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se haya puesto todavía de evidencia en todas sus virtualidades”.


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