Mi libertad física es valiosa para mí. Aprecio la habilidad de ir y venir como me plazca y nunca doy esto por sentado.
La libertad espiritual es aún más importante para mí. Mi mente está libre para planificar y soñar sin límites. Puedo llevar a cabo lo que sueño. El Dios morador es mi inspiración para establecer mis objetivos y mi sabiduría para poder alcanzarlos.
Ayudo a los demás a ejercer su libertad alentándolos a tener éxito e inclusive a superar lo que ellos creen que es posible. La libertad del Espíritu en cada uno de nosotros nos da el poder de ser y hacer.
Al contemplar el Espíritu del Cristo en mí y en los demás, veo el potencial ilimitado en nosotros y la libertad absoluta que es inherente en nuestra semejanza con Dios.
“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.”—Gálatas 5:1


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