Cuando veo retoños llenos de color, árboles cargados de fruta u hojas verdes, aprecio el ciclo ordenado de la naturaleza. Recuerdo que las ramas desnudas y los campos vacíos del invierno han dado paso a la riqueza del verano.
También reconozco el fluir ordenado de mi vida. Una noche de descanso me llena de energía para las actividades que me aguardan en el nuevo día. Diariamente oro, medito y sueño. Si me siento impaciente, calmo mis pensamientos y afirmo orden divino.
Pienso en el ciclo de las estaciones, del día y la noche, del desarrollo de una rosa. Descanso consciente de que yo también formo parte del orden divino de la vida.
“Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él.”—Génesis 1:12


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